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Lo primero que recuerdo es de bien pequeñita, con unos 4 años. Ya desde esa edad, mi padre me enseñó no sólo a leer y escribir, sino también a sumar, restar, multiplicar e incluso dividir. Yo disfrutaba, me lo tomaba como un juego; mi padre y yo sentados en una terraza al sol, nos haciendo cálculos.
Yo tenía mis muñecas, y también jugaba con mi hermano con sus coches o a cualquier otra cosa, pero con lo que más disfrutaba era con esos pequeños retos diarios. Cada día un párrafo más largo, o una multiplicación con más cifras. Recuerdo que mucha gente lo veía mal, que una niña tan pequeña tuviera que pasarse el día sentada en una silla con lápiz y papel en la mano, porque lo que tocaba en ese momento era hacer trastadas y divertirse; pero lo cierto es que yo sí que me divertía, e incluso, pedía que me diesen problemas para resolver.
A los 6 años, empecé el cole. Ya había ido a la guardería y a parvulario, pero ahora empezaba 1º de EGB en un colegio nuevo, que se convertiría en mi segunda casa. Era privado, de monjas, y por supuesto, tenía que vestir con uniforme.
Me gustaba mucho ir a clase y estar con mis amigos. Pero sobretodo me encantaba aprender, y escuchar a la señorita cómo nos daba la clase, y luego nos mandaba deberes para hacer en casa. Yo enseguida los acababa, me resultaban muy sencillos, estaba acostumbrada a hacer cosas más complicadas, y siempre los hacía bien. Yo había notado que tenía mucha más facilidad que mis compañeros de clase. Las notas me iban muy bien, todo Excelentes, y mi tutora me tenía muchísimo cariño.
La verdad es que lo encontraba demasiado sencillo, y veía que no aprendía demasiado. Al parecer no era la única que se había dado cuenta, porque a final de curso, mi tutora y la directora propusieron a mis padres que me saltara un curso; decían que yo estaba muy por encima del nivel medio, y que podía pasar sin ningún problema directamente a 3º de EGB. A mis padres les pareció una idea perfecta, pero cuando me preguntaron a mí, yo prefería continuar en mi clase, con mis amigos. No tenía ninguna prisa por avanzar cursos, así que al final, todo se quedó como estaba, y al año siguiente continué en 2º de EGB con el resto de mis compañeros.
Me adapté muy bien. Nunca tuve problemas con la gente de clase, tenía mi grupito de amigos, y me relacionaba muy bien con ellos. Ellos también me apreciaban mucho, e incluso durante unos años, me convertí en la “Peque” de clase. Me gustaba ese nombre, era bajita, pero no me importaba, y ese apodo, seguido de una sonrisa de complicidad, demostraba que a mis amigos tampoco.
Bueno, la verdad es que hubo un poco de todo. También había mucha envidia, y yo pude experimentar alguna de sus consecuencias, cuando algunos me hacían chantaje para que les dejase copiar los deberes. Al final, eso de que una persona hiciese los deberes (es decir, yo) y más de la mitad de la clase tuviese los mismos resultados, se convirtió en una costumbre, y ya no me oponía.
A pesar de todo, yo era una niña feliz. Me llevaba muy bien con todos los profesores, sacaba las mejores notas de clase, y siempre se me veía con una sonrisa en los labios.
A medida que avanzaban los cursos, las asignaturas se iban haciendo más complicadas, pero mis notas no bajaban. Me esforzaba por mantenerlas. Pero además, se añadió otro obstáculo: una pequeña competición de notas entre otros compañeros de clase y yo. No había suficiente con sacar muy buenas notas, sino que tenían que ser las mejores. Éramos cuatro, los que siempre nos diputábamos el primer puesto, y cada uno tenía un reto personal consigo mismo para superar a los otros tres. Yo también aspiraba a tener la mejor media, así que debía estudiar mucho, para conseguir la mejor nota en el examen. Las cosas perfectas, sin un error, porque podía ser decisivo.
Los profesores también eran muy estrictos. Mayoritariamente eran monjas, y tenían las ideas muy claras. No admitían ningún tipo de comportamiento rebelde, nos inculcaban una educación muy recta. Debíamos tratar con muchísimo respeto a todos los profesores, vigilar cada palabra, cada gesto, para que estuviese acorde con la situación y con la persona a la que nos dirigíamos. Nos exigían mucha dedicación, horas de estudio, trabajos, deberes, nos regañaban si sacábamos una nota que estuviese por debajo del 7,... Recuerdo que todas esas presiones, en más de una ocasión, me oprimieron mucho, me sentía con muchas obligaciones, muchas responsabilidades, y sobretodo, con mucha autoexigencia para que todo saliese bien, no podía cometer errores que luego creasen un mal concepto de mí.
Con esta mentalidad acabé la EGB, conseguí el graduado escolar con Excelente y un diploma como premio por ser “Sumamente perfeccionista”. En su día me hizo gracia este adjetivo, pero con los años me di cuenta de que esa cualidad me traería algún problemilla.
En mi casa, desde bien pequeñita mis padres me habían inculcado que debía ser una persona responsable, educada, detallista, cumplidora. Si alguna vez me desviaba de esa línea, una simple mirada me bastaba para saber que lo estaba haciendo mal, y que debía rectificar cuanto antes. Recuerdo sobretodo los gestos tan expresivos de mi padre. Una mueca, una mirada de reojo, la boca cerrada, un movimiento de cabeza, o un ligero parpadeo; pequeñas contraseñas que sin ser nada, lo decían todo. Todavía las tengo grabadas. Y lo que jamás se me olvidará, son aquellas veces en las que, por diferentes discusiones o alguna travesura de niños, recibía una bofetada que significaba el final de la conversación, el mensaje oculto de “ni se te ocurra repetirlo” y el “punto y aparte” que tanto le gustaba a mi padre. En realidad, lo que menos me dolía era el golpe, sino la sensación de cómo algo se me clavaba en el corazón; sentía rabia, impotencia, frustración, miedo, culpabilidad, fracaso por haber decepcionado a mis padres por no haber hecho las cosas correctamente; sentimientos que en esos momentos me ahogaban, pero que me tenía que guardar para mí. Así que tenía que evitar por todos los medios que esa situación no se volviese a repetir.
Empecé BUP y Bachillerato, en ese mismo colegio, con el mismo objetivo: ser la mejor en clase, y seguir llevando las mejores notas a casa para no decepcionar a mis padres. En esta época, yo ya no estaba a gusto en clase. Era la “mamá” de mis compañeros, la que tenía que dejar los deberes, la que se dejaba copiar en los exámenes, la que perdía y sacrificaba sus horas libres por ir a casa de unos y otros a explicarles el temario el día antes del examen. Me daba la sensación que mis supuestos amigos se aprovechaban de mí, y me querían únicamente para cuestiones académicas, porque a la hora de salir los fines de semana, pocas veces contaban conmigo y me llamaban, y cuando lo hacían, no iba a gusto, me encontraba incómoda, me sentía sola. Me daba la sensación de que me habían llamado por compromiso, pero que realmente les daba igual si yo estaba o no; así que yo para no molestarles, o no les ponía una excusa y no iba, o si salía, procuraba no estorbar demasiado, que ellos hiciesen lo suyo y se divirtiesen, que yo ya les seguiría a donde fuesen. Era un pez que se mordía la cola: no me llamaban porque no se divertían conmigo, y cuando me llamaban, yo no hacía nada para integrarme y pasarlo bien, por lo que la siguiente vez, se lo pensarían dos veces antes de avisar a alguien tan aburrida como era yo. Eso sí, cuando necesitaban algo y venían a pedírmelo, yo lo hacía corriendo, tanto si era hacerles un favor, como escucharles cuando estaban más decaídos, o si querían los deberes para copiárselos. Nunca me negaba, siempre conseguían lo que querían. Ahí estaba el problema, que les tenía que dar todo. Y ya estábamos en lo de siempre, en ir de salvadora. Por dos motivos fundamentales: quería que estuviesen bien y que no les faltase nada aunque me tuviera que sacrificar yo, y sobretodo, no podía decepcionarles, tenía miedo a que tuviesen un mal concepto de mí y me rechazasen.
Mal con mis compañeros, demasiado centrada en las notas, cohibida en casa,... Tenía la sensación de que mi vida era una completa monotonía, de estar enjaulada, de que los días fuesen pasando y todos eran iguales al anterior y a los que vendrían después. Me sentía vacía, porque pasaban los años y estaba dejando escapar muchas oportunidades para ser feliz, oportunidades que no veía pero que echaba en falta. Necesitaba salir, asomar la cabeza y coger aire puro, pero no era capaz de hacerlo. Pero yo nunca perdía la sonrisa, siempre aparentaba ser una chica feliz, sin problemas, que afrontaba las cosas, que conseguía sus objetivos, y que tenía mucha suerte en todos los aspectos de su vida.
En esos momentos, empecé a salir con mi chico, un compañero de Taekwondo de toda la vida, pero que hasta entonces nuestra relación se limitaba a simples compañeros que compartían un hobby. Este pequeño hecho supuso un paso enorme en mi vida. Hasta entonces, yo nunca había estado con ningún chico. No me gustaba llamar la atención, vestía discreta, con mi pelo recogido, y no era de las chicas más guapas ni con las mejores medidas; pasaba desapercibida. Mis amigas eran más exuberantes y atrevidas que yo, y cuando los fines de semana salíamos de fiesta por la noche, ellas eran las que siempre ligaban. Los chicos no solían fijarse en mí.
Pero en esta ocasión fue diferente. No sé exactamente por qué, pero por primera vez, un chico se interesaba por mí. Y además coincidió que fue en una discoteca, donde también estaban mis amigas, mi grupito de siempre. Pero él se fijó en mí y no en ellas. Al principio yo no lo entendía, no sabía qué es lo que había visto de especial en mí, pero a medida que nos fuimos conociendo, la relación se hizo más íntima; yo estaba muy a gusto con él, y al parecer, él también conmigo; así que no había que darle más vueltas, tenía que aprovechar una de esas oportunidades que antes dejaba escapar. Pero también tuvo sus inconvenientes, porque yo, una chica responsable, buena, incluso algo inocente, con mucho juicio, capacidad de razonamiento,... tuviese novio, era algo que muchos no comprendían, así que ya había otro motivo más de envidias y malos rollos.
Por suerte, la Selectividad llegó pronto, y después de una época pasar días enteros encerrada en casa estudiando, me examiné, conseguí la segunda nota más alta de la clase, y pude matricularme en la carrera que siempre había deseado: Medicina.
Otro paso más hacia delante. Por fin me despedía de ese colegio, de esos compañeros, de esa monotonía que tanto me angustiaba. Empezaba la universidad, haciendo lo que me gustaba, con gente nueva, profesores nuevos, métodos de estudio nuevos,... Un gran cambio. Pero enseguida me di cuenta de que en realidad no existiría tal cambio. Los problemas los tenía yo, y a donde fuese, los llevaría conmigo a cuestas. Sí que conocí a mucha gente, pero por miedo al qué dirán, qué pensarán de mí, volví a dar imagen y a aparentar. Se volvieron a formar falsas amistades, y mi competencia por la mejor nota cada vez era mayor.
Trabajos perfectos, notas excelentes, resultados brillantes,... Siempre manteniendo ese nivel. Todos estaban acostumbrados a esas notas, ninguno esperaba menos de mí, y nadie se conformaba si decía que un examen no me había ido demasiado bien. Me costaba pensar que iba a decepcionar a los demás, a mi familia, a mis amigos. Pero ahora, no sólo era para demostrar a los demás, sino también para demostrármelo a mí misma. La meta no estaba en superar la nota del compañero, sino que me las ponía yo misma, cuanto más mejor. ¿Por qué me iba a conformar con un 8 si podía sacar un 9? Y por qué no un 10? Me daba igual lo que sacasen los demás, yo quería lo máximo, no podía haber fallos. Sí que podía ver el mérito que tenía aprobar un examen, pero no estaba contenta, no bastaba con eso, tenía que estar perfecto.
En casa, las cosas tampoco iban demasiado bien. Mis padres discutían todos los días, a todas horas. Gritos, golpes, amenazas. Yo ya no podía aguantar más, no podía evitar que me entrasen unas ganas enormes de meterme en medio, intentar encontrar el motivo de discusión y ponerle remedio de una forma racional, hablando y dialogando, para llegar a un punto medio. De nuevo de salvadora, en esta ocasión, de mi familia. Tenía que hacer lo fuese para que no se distanciaran más, entre ellos, de mí, que siguiéramos siendo esa familia de 4 personas que siempre lo han compartido todo: cualquier tema de conversación, vacaciones, celebraciones con amigos y familiares,...
También mi familia tenía que seguir siendo perfecta. Ponía todo el empeño en solucionar la discusión, no soportaba que mis padres se peleasen, prefería incluso que discutiesen conmigo, porque por lo menos, yo intentaría cambiar el ambiente. Así que yo siempre acababa en medio del follón, recibiendo broncas y gritos por algo que no tenía nada que ver conmigo, y siempre cabreada con mis padres. Sobretodo con mi padre, ya que los dos queríamos tener razón, y yo me estaba empezando a rebelar contra eso de “Esto es así y punto!”, frase que llegué a odiar; desde pequeña, en mi casa las cosas se hacían como decía mi padre, y no había vuelta de hoja, no había opción posible. Y yo ya estaba harta de esa dictadura.
Mi autoexigencia, sumada a la competitividad que ya existe de por sí en la carrera entre los propios compañeros, hicieron que mi obsesión por el estudio fuese cada vez mayor. No importaba el tiempo que necesitase, si tenía que dejar de salir, lo hacía, y me encerraba en casa frente a los libros. Cualquier momento era bueno para leer, aunque fuese un párrafo. Empecé a estudiar de forma obsesiva, no tenía tiempo para nada más, y si me quedaba algún huequecito, también estudiaba; eso que tenía adelantado. Por aprovechar, me acostaba a las tantas de la mañana, durmiendo apenas, 4 horas diarias; dejé de ver a mis amigos; cuando llegaba a casa a la hora de cenar después de haberme pasado todo el día en la facultad y en la biblioteca, no hablaba con nadie para ir directamente a mi cuarto y seguir; no salía con mi novio ni le prestaba atención; incluso, no encontraba tiempo ni para comer. Porque me aplicaba constantemente lo de “No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy”. Y muchas veces, creía que sí lo podía hacer todo, que era capaz de abarcar todo eso y más, porque era mi deber, era mi obligación atar todos los cabos sueltos para que todo funcionase correctamente. Todo controlado y sin perder el tiempo.
Una perfección tan extrema que me obligaba a ponerme metas altísimas, inalcanzables, con sus consecuentes frustraciones. Quería controlar todo, que no se me escapase nada, incluso empezaron las ideas de controlar mi cuerpo, algo en lo que no podía intervenir nadie más, sólo yo, así seguro que saldría bien.
La verdad es que hasta ese momento nunca tuve problemas con mi cuerpo, estaba a gusto con él. No me sentía mal, ni había recibido críticas o burlas por parte de nadie. Sí algún comentario suelto que posiblemente era inocente, pero si se lo añadía a la situación que estaba viviendo en ese momento, parecían ataques directos hacia mi físico y hacia mi persona.
Cuando me miraba al espejo, no me veía gorda, pero sí podía estar mejor. Y a los 19 años, con el lema de “No adelgazar pero mantenerme” empecé a suprimir ciertos alimentos, y más tarde, a disminuir las cantidades. Creía que teniendo un cuerpo que se acercase lo máximo posible al ideal, mi familia estaría más orgullosa de mí, que mis amigos se encontrarían más a gusto conmigo, se divertirían y no me rechazarían, y que los chicos se fijarían más en mí.
Apenas comía, lo justo para calmar el hambre, y si era con agua, mejor. Evitaba las comidas en familia, comía fuera, o decía que me dolía el estómago. Si tenía que comer, sólo ensaladas y fruta. Manipulaba a mi madre, a mi novio, o a cualquiera que estuviese conmigo para no tener que meterme nada en la boca o despistarles para quitar comida de mi plato, y convencerles de que no tenían que preocuparse, que yo estaba bien, que se fiasen de mí.
A eso se añadieron noches sin dormir, largas caminatas, subir y bajar todas las escaleras que me encontraba, horas de entrenamiento, viajes de pie en trenes vacíos,... cualquier cosa para conseguir un cuerpo “perfecto”. Y por supuesto, comprobando siempre los resultados con la báscula: me pesaba todos los días y a todas horas, al levantarme, al acostarme, antes y después de comer, o simplemente, cuando pasaba por delante de la puerta del lavabo.
Cada vez comía menos, hacía más ejercicio y la aguja de la báscula marcaba menos; seguía “manteniéndome”, sin que mi objetivo fuera en ningún momento adelgazar, pero tampoco hacía nada para evitarlo.
Hasta que perdí la objetividad por completo, tanto con la comida como con el cuerpo: ya no sabía si aún podía estar mejor o ya estaba demasiado delgada, o si el plato de comida era normal, me sobrepasaba, o era una miseria.
Estaba perdiendo peso a marchas forzadas, y mi cuerpo lo estaba notando. Me encontraba mal, cansada, no me podía concentrar en los estudios. Estaba irritable, cualquier cosa me hacía saltar y enfadarme. Las discusiones con mis padres eran diarias, y con mi novio, el poco rato que estábamos juntos era insoportable. No aguantaba a nadie, todos me ponían de mal humor, incluso yo, estaba cabreada conmigo misma. Me encerraba en casa para no ver a nadie, o si estaba con gente, me creaba mi mundo propio y me aislaba, no quería que existiese nadie, que nadie me molestase; sólo yo.
Al final, tuve que dejar de hacer cualquier cosa que supusiese mover un solo músculo; mi cuerpo me lo pedía, estaba agotada y ya apenas podía levantarme de la cama. Puede que en esos momentos me sintiese triunfadora, podía lucir cuerpo, sin miedo, sin complejos, nadie me miraría mal porque me sobrase de ningún sitio. Pero me miraba al espejo y no me gustaba lo que veía, una figura deformada, demacrada, marcando huesos, con ojeras. Y emocionalmente estaba hecha polvo. No era eso lo que yo quería.
Después de un año de tantas restricciones y tanta hiperactividad, hubo algo que me hizo abrir los ojos. No sabía exactamente qué me estaba pasando, pero algo no funcionaba, se me estaba yendo de las manos, estaba harta de todo eso y necesitaba que alguien me ayudase.
Así que a los 20 años, aunque todavía no consciente del problema que tenía, empecé un tratamiento que me ayudaría a salir de ese agujero negro y solucionar los conflictos que tenía conmigo misma. Muchas terapias, muchos talleres, muchos compromisos, mucha ayuda de todo el grupo,... y sobretodo mucha fuerza de voluntad y ganas de luchar por conseguir una vida sana.
Lo primero fue normalizar la alimentación: un número determinado de ingestas al día, con una cantidad determinada de comida. Algo que parecía sencillo, pero que me costó muchísimo. En gran parte fue porque estaba sola en todo eso, nadie sabía nada, nadie me animaba. Tenía miedo de lo que pudiesen pensar de mí, de defraudarles, de ser un bicho raro, irresponsable y fracasada, de que viesen que me había equivocado y que había cometido un gran error. Pero necesitaba el apoyo de alguien, y se lo expliqué a mi madre. Me sorprendió mucho su reacción, no me lo esperaba. Creía que se enfadaría conmigo, que me gritaría, que le decepcionaría y dejaría de hablarme. Pero no fue así, estuvo muy atenta, se interesó mucho por todo lo que le estaba explicando, y al final de todo me abrazó, suspiró y con una sonrisa me dijo que ya estaba tranquila, porque por fin sabía qué me estaba pasando, llevaba mucho tiempo preocupada por mí y no entendía nada. Fue un paso decisivo y muy importante, porque a partir de ese momento pude contar con la ayuda ilimitada de mi madre; si algo me costaba, ella me animaba a seguir adelante, me vigilaba para que cumpliese todas las pautas,... me cuidaba.
Cuando conseguí llevar bien las ingestas, la obsesión por las comidas se redujo muchísimo; ya no tenía que estar pendiente de si era poco o mucho, de si me tocaba comer o no. De eso, se encargaba mi madre, y de controlarme el peso, las terapeutas del centro. Yo confiaba en ellas y podía despreocuparme. Gracias a eso, pude empezar a ver cosas de mí, de mi carácter, mis actitudes y mis dificultades, y empezar a trabajar aspectos de mi interior, que al fin y al cabo, era lo que me había llevado a coger ese camino cuando debía enfrentarme a un problema.
Empecé a trabajar mis dificultades; lo primero, fue cara a los exámenes. Saber encontrar mis límites, aceptar que no podía ir siempre a lo más, que un simple número en un papel no haría que yo fuese mejor o peor persona, que sacase lo que sacase, no decepcionaría a nadie, ni siquiera a mi padre, a quien más miedo tenía de defraudar porque pudiese considerarme una mala hija por no aprobar todo a la primera. Tuve que hacerme cronogramas de estudio, limitando el tiempo que le dedicaba y los temas que tenía que hacer en ese tiempo. Ni más horas (porque también tenía que salir y divertirme) ni más materia (ya que tendía a concentrar temario que luego me resultaba imposible de asimilar). Aprendí que lo importante es hacerlo a gusto, disfrutar de lo que estudias, de lo que aprendes, porque la que estudia soy yo, y las notas son para mí, no para lucirlas y esperar halagos de los demás.
Gracias a los talleres de Distorsión e Imagen Corporal, mi percepción del cuerpo fue cambiando, ya que por una parte, una pauta me obligaba a no mirarme y me ayudaba a no estar todo el día pendiente de mi físico, y por otra, aprendí a aceptarme tal y como soy, sin compararme con otras chicas, ni aspirar al modelo de chica 10 que tanto se vende hoy día. No soy un simple cuerpo, un objeto andante inanimado al que puedo moldear según me plazca; forma parte de mí, de mi personalidad, va unido a mi mente. No dependo de una talla de pantalón o del número que marca una báscula. Valoro mis cualidades, me siento segura de ellas, y la forma de mi cuerpo no las cambia. Incluso he conseguido decir tranquilamente que mi cuerpo me gusta.
Para eso, también me sirvió mucho el taller de Autoestima, en el que pude identificar todos aquellos momentos en los que me infravaloraba, dando prioridad a los demás, haciendo o diciendo las cosas dependiendo de qué pensarían de mí. Siempre pendiente del qué dirán, de no equivocarme, de que todo saliese bien, no importaba cómo, aunque yo saliese perjudicada. Si no, me sentía culpable. Cambiar todos esos pensamientos automáticos negativos hacia mí por cualidades positivas, y contrastar mis puntos de vista con otras personas, me hicieron ver que tengo capacidades y habilidades para tomar mis propias decisiones, para tener una opinión igualmente válida, y actuar basándome en ellas, con seguridad, sin miedo al ridículo o al rechazo, y aceptando los errores que pueda cometer, no para castigarme, sino para aprender de ellos y superar obstáculos.
Poco a poco, y trabajando estas dificultades, también me di cuenta de que mi relación con la gente que me rodeaba fue mejorando. Las personas no habían cambiado, seguían siendo las de siempre, pero ahora la que lo ve diferente soy yo, porque yo soy la que ha cambiado la forma de comunicarme con ellas, la que ha borrado los prejuicios contra el resto el mundo y la que ha dejado de dar imagen, para mostrarme tal y como soy. Ahora soy mucho más espontánea, las conversaciones son mucho más fluidas, no me preocupa si lo que digo está bien o no, simplemente expreso lo que en ese momento se me pasa por la cabeza, sin darle vueltas ni analizarlo, ya que muchas veces, lo único que conseguía era pensar que mi punto de vista era una tontería sin importancia para finalmente, callarme. He logrado acercarme más a las personas y crear nuevas amistades, cosa que antes, mi gran sentido del ridículo me impedía.
Mi relación con mi novio también sufrió las consecuencias de la enfermedad. Yo no me sentía a gusto con nadie, me odiaba a mí misma, y lo único que quería esa estar sola. Y eso no ayudaba en nada a mantener una relación de pareja estable. Mi novio sabía que algo no funcionaba, que yo no era la de siempre, que había cambiado, y para peor, pero no entendía nada. Estábamos los dos igual de perdidos.
Mi autoexigencia se la traspasaba a él: quería organizarle todo, controlarle cada paso, que ganase un buen sueldo a final de mes, que tuviese un trabajo decente o que se pusiese a estudiar una carrera, que se comportase de una manera determinada frente a una situación, que vigilase todo lo que hacía o decía por si era lo más adecuado o podía molestar a alguien,... Todo aquello con lo que yo crecí, pero llevado al extremo obsesivo. Él no era así, y aunque muchas veces se esforzaba por hacerme caso y que yo estuviese contenta, la verdad es que no lo conseguía; no eran sus objetivos, él aspiraba a un estilo de vida diferente, y eso yo no lo entendía y me sacaba de quicio. Me planteé varias veces dejarle, pero había algo en mí que se oponía y admitía que le quería y le necesitaba. Tantas veces que ha estado apoyándome, ayudándome a seguir adelante con el tratamiento, teniendo paciencia conmigo, y mostrándome tanto cariño. No podía abandonarle así, a la primera de cambio.
Quise poner fin a todo ese control que no me permitía mostrar mi cariño hacia esa persona, disfrutar del que me estaban ofreciendo y estaba dejando escapar. Me puse el compromiso de no preguntarle nada sobre el trabajo, ni qué estaba haciendo ni cuánto estaba ganando ni cuánto tenía ahorrado; así desconecté un poco y la obsesión bajó. Después, fui dándole oportunidades, votos de confianza, para demostrarme que lo que hacía, aunque no fuese lo que yo quería, también era una posible opción, y que no tenía porqué estar mal, y que además, así él era más feliz. Poco a poco, he ido confiando más en sus decisiones; he sido más tolerante con sus puntos de vista, sus opiniones y sus errores; y he aprendido a valorarle, a reconocer sus otras muchas aptitudes y habilidades, y a aceptarle tal y como es; yo no puedo exigirle nada, él ya sabe lo que debe hacer, y yo únicamente puedo aconsejarle o darle mi opinión.
Gracias a ello, ahora, cuando estoy con él, lo disfruto, noto su cariño, y estamos mucho más cerca el uno del otro.
Otro de mis grandes retos era llegar a superar la situación de estrés constante que se vivía en mi casa. Por si las discusiones no fueran suficientes, hace unos meses, mis padres decidieron separarse. La convivencia era insoportable. Gritos diarios, amenazas y venganzas, recriminándose cosas mutuamente para poder humillarse. Yo me sentía muy impotente, quería hacer algo y no sabía qué ni cómo. Me encontraba metida en medio de la batalla, totalmente indefensa, y sobretodo, manipulada, por ambas partes, como si quisiesen atraerme hacia ellos para hacer daño al otro. Mis padres no se soportaban, y yo me sentía culpable por ello. Recordaba cómo era todo antes, los 4 siempre juntos, unidos; y veía la nueva situación: las tensiones, el nerviosismo, las conversaciones frías, el distanciamiento que había entre todos, que las cosas no hubiesen funcionado bien; tenía miedo al pensar qué pasaría, cómo se organizarían nuestras vidas a partir de entones. Eso me ponía triste, y me negaba a admitirlo.
Aquello iba cada vez peor, y no parecía que se fuese a solucionar, así que me empecé a poner compromisos para empezar a aceptar la situación, intentando verlo desde otros puntos de vista, no tan rígidamente como lo tenía estructurado mi mente.
Hasta entonces, siempre me había guiado por lo que me contaba mi madre. Con mi padre no hablaba demasiado, y la relación entre nosotros cada vez era peor. Mi madre me explicaba todo según lo vivía ella, según su punto e vista, y por supuesto, no era a favor de mi padre. Yo me creía lo que me decía, lo veía lógico, y muy probable, hasta el extremo de que llegué a sentir como mi madre; podía notar la rabia y el odio que tenía cuando hablaba de mi padre, la tristeza que le causaba el hecho de que mi hermano y yo estuviésemos pasando por todo aquello, el daño que le podían hacer otras personas, e incluso mi padre. Por eso, yo también llegué a sentir odio y rencor hacia él; defendía a ciegas a mi madre porque creía realmente que la que salía perjudicada y la que estaba sufriendo era ella. Estaba muy aliada a mi madre.
Así que me propuse cambiar ese favoritismo, y empezar a coger mi papel de hija, no de defensora del más débil. Empecé a hablar más con mi padre, primero a explicarle qué había hecho ese día y otros temas no demasiado íntimos, para empezar a romper el hielo, y más tarde, a explicarle cosas más personales, cómo me sentía, y también a preguntarle cómo estaba él. Al principio me resultaba muy brusco, muy forzado, pero él también me ayudó, porque se mostró bastante receptivo y en muchas ocasiones, su respuesta me sorprendió muy positivamente, en contra de todas mis estadísticas. Poco a poco, el trato con mi padre ha ido mejorando; no es una relación muy estrecha, porque también él tiene su forma de ser, y siempre ha sido bastante reservado, pero me conformo con saber que está ahí, que puedo contar con él para lo que quiera, con recibir una muestra de complicidad que me indique que me quiere pase lo que pase. Y ahora sé y siento que sigue siendo mi padre, independientemente de lo que vaya a pasar de partir de ahora, porque eso no cambiará nunca.
Con mi madre, tuve que frenarme un poco a la hora de hablar con ella. Sabíamos demasiado la una de la otra, entre lo que una explicaba y la otra preguntaba, no había secretos. Nos conocíamos tan bien que yo podía sentir perfectamente lo que sentía ella, y ella también se apoyaba demasiado en mí, incluso, en muchas ocasiones, no hacía algo hasta habérmelo consultado a mí primero. Y no era nuestra función, ni como madre ni como hija, así que hablé con ella, le expliqué lo que creía, y le propuse que las dos pusiéramos de nuestra parte, yo no preguntando tanto, y ella procurando evitar algunos temas en los que yo tenía porqué intervenir. La verdad es que fue bastante bien, y así conseguí ser más neutra con ella, sin que sus problemas me afectaran a mí tan directamente, y además, yo estaba más tranquila porque no recibía los comentarios tan negativos que mi madre siempre me hacía sobre mi padre.
Acercándome un poquito más a mi padre desde la comprensión, y sabiendo establecer un límite entre hija y amiga, ahora estoy en un punto medio, neutral, en el que valoro tanto una parte como la otra, intentando mantener una relación con mis padres como hija, de los dos, sin que su problemas de pareja interfiera en mi vida.
Y otro punto clave, al que siempre me he privado: sentir. Nunca me ha resultado fácil expresar mis sentimientos. Por una parte porque desde pequeña he recibido el mensaje de que no debía preocuparme por nada, de que debía ser fuerte y seguir adelante, sin que nada me hundiese, y sobretodo, saber poner siempre una sonrisa. Por otra, por mis propios miedos, por temor a lo que pudiesen pensar de mí, que me rechazasen. No me permitía estar mal, triste o decaída, así que, de nuevo, subía un muro entre mi corazón y mi mente, para que no se comunicasen y que pudiese seguir mi vida diaria independientemente de lo que sintiese en ese momento. Si estaba triste, una sonrisa lo arreglaba, si sentía rabia, una inspiración profunda la calmaba. Y entonces, mi mente pasaba a la acción y razonaba toda la situación para verla desde otro punto de vista, cualquiera que me sirviera para olvidarme de mis emociones y dar una explicación coherente de lo que me había pasado. Eran muchos sentimientos que se iban acumulando, día tras día, año tras año, y que no escapaban por ningún sitio. Me los quedaba yo, para mí única y exclusivamente.
Y no eran sólo sentimientos negativos, sino también los positivos: si estaba contenta, sí lo mostraba pero sin sobrepasarme, el cariño que daba a los que más aprecio, también en su justa medida. Siempre para guardar las formas.
Para permitirme sentir, primero tuve que identificar todos los posibles sentimientos que me iban apareciendo a lo largo del día, detectarlos, y en ese momento in tentar aguantar esa sensación, recordando la situación que lo había provocado, dándole vueltas hasta que supe qué era sentir aquello. Más tarde, en esa misma situación, el sentimiento ya venía solo, y lo que debía hacer era expresarlo con gestos, palabras, movimientos,... cualquier cosa que no fuese volvérmelo a guardar.
He aprendido que mis emociones también forman de mí, y expresarlas me ayuda a ser más persona, más humana, acercarme más a los que me rodean, conectar con ellos, y de una forma más sincera, y también a estar yo más a gusto, mostrándome tal y como soy, tranquila y sin miedos.
Ahora, 2 años después de dar el gran paso, puedo decir que estoy muy orgullosa y satisfecha de lo que he conseguido. Gracias al apoyo de mi familia, de mis amigos, del grupo y las terapeutas, y a mi fuerza de voluntad, mi visión de mi cuerpo y de mí misma ha cambiado mucho. Mi cuerpo no es más que un pequeño detalle añadido a todos los que forman parte de mí, y he sabido encontrar esas cualidades que durante tanto tiempo han estado escondidas, y potenciar las que se asomaban tímidamente, mostrándolas sin miedo, con seguridad. Valoro mis cualidades y acepto mis limitaciones.
Tengo recursos para superar las dificultades que se vayan planteado, y sobretodo, tengo mucha esperanza e ilusión por seguir adelante, alcanzar mis objetivos, mis sueños y poder llegar a ser totalmente libre y disfrutar por completo de mi vida. Orgullosa del trabajo que he hecho puedo asegurar que estoy a gusto conmigo misma
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